lunes, 1 de marzo de 2010

Desestabilización emocional.

Los tres. La mente se quedó en blanco. Los músculos, paralizados. La mirada, clavada en el instructor. Vendrían los tres. Poco a poco el cerebro comenzó a asimilar la información. Los músculos se relajaron y los ojos se entrecerraron ligeramente. Por fin, la pregunta.

- ¿Pretendes desestabilizarme emocionalmente?

- Sí - contestó él sin dejar de sonreír.

Jum... cierto. Lo pretendía. Y lo había conseguido. Los tres. Genial. La mente bullía como un hervidero. Si para la fecha del curso aún no había uniformes lo lógico sería ir de blanco. Pero eso era lo lógico, lo... sensato. Sacar la bandera sería, en esta ocasión, mucho más arriesgado que aquél ya lejano 7 de noviembre de 2009. Porque eran tres. Uno lo sabía y otro ya había comprobado su osadía al ver cómo mostraba con orgullo la bandera. El tercero... oficialmente no tenía por qué estar al tanto del asunto pero extra-oficialmente...

Un guantazo hizo regresar a su mente. Había abierto el codo, otra vez. El izquierdo, otra vez. Había vuelto a relajar la musculatura del brazo dejando de ejercer presión hacia delante. Había vuelto a perder el contacto con el brazo derecho de su instructor, lo que había dado pie a que éste le llamara la atención de aquella manera. Corrigió el error y se centró en el ejercicio.

Pero aún así seguía pensando en los posibles riesgos. Su cuello y sus pulmones ya los conocían o, al menos, uno de ellos. Presión. Lenta. Constante. Progresiva. Controlada. Falta de oxígeno. Sensación de ahogamiento. Su cerebro trabajaba a mil revoluciones, desechando, una tras otra, las posibilidades de evitar esa situación. No podría evitarla si sacaba la bandera. Y quería mostrarla. Se centró en cómo vencer a esa presión, a esa falta de oxígeno. Intentó vislumbrar posibles puntos... débiles donde poder pegar con más o menos acierto, con más o menos fuerza. Tal vez atacando al cuello... sí, podría ser una posibilidad. Sopesó, igualmente, la idea de morder, aunque sólo fuera como último recurso. Aquél 7 de noviembre esa solución no había ayudado mucho. Volvería a este punto más tarde.

Se centró en los otros dos. No sabía mucho de ellos. A uno apenas si lo había tratado. No recordaba más que un intercambio social y protocolario de saludos de cortesía y un breve estrechamiento de manos. De él, le habían comentado que estaba algo loco, que era un poco bestia y... y poco más. Con el otro sí que había habido un pequeño acercamiento, dado que había asistido a los dos cursos que había impartido, pero nada más. Una máquina. Otra más. Aparte de eso... nada. Absoluta y profunda. Negra como la noche. Sonrió. "Era de noche y, sin embargo, llovía". Siempre le gustó esa frase. Volvió a sonreír.

Segundos después, volvía a recibir un guantazo. Otra vez el codo izquierdo. Suspiró. También tenía que trabajar eso.

Tres semanas. Tres hombres. Tres objetivos. Aún quedaba tiempo para pensar, para reflexionar, para planear. ¿Si sobrevivía a uno, cosa que ya había logrado con anterioridad... sobreviviría a los otros dos? Cierto es que le superaban con creces en técnica pero la posibilidad, aunque mínima, de que no fueran tan hábiles en un estilo de lucha más traicionero existía. También le superaban en fuerza pero ¿acaso no decían que el perseguido corre más que el perseguidor? Sí, el instinto de supervivencia lo llamaban. El perseguido corre para ponerse a salvo, para...

Recibió, por tercera vez en una hora, un guantazo. El brazo izquierdo había vuelto a fallar.

Corre para... para... ¿para qué? "Mierda, Sonic" pensó al ver que había perdido el hilo de su razonamiento. Volvió a suspirar y detuvo el que hubiera sido el cuarto bofetón de la mañana. "Bien", oyó que decía su instructor. Para ponerse a salvo. Para esquivar al miura. Genial.

Decidió hacerlo. Decidió enseñar la bandera. Sí, ese día se pondría la camiseta del Fútbol Club Barcelona. Y saldría con vida de esa provocación. Aunque fueran tres.

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